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Cuentos de fútbol

Archivar para el mes “diciembre, 2013”

Fútbol, literatura y arte

Todos sabemos que Albert Camus, que jugo de portero cuando era demasiado pobre para gastar suelas corriendo una banda, dijo que fue en el fútbol donde aprendió cuanto necesitaba saber sobre la moral. Uno imagina que se refería a que un equipo es un compendio de virtudes viriles, incluyendo las de la camaradería y el compromiso. Y que un partido es un pretexto para someterse, sin derramamientos de sangre homéricos, a pruebas tales como la victoria, la derrota, la superación y la tentación de la trampa. Es una reflexión redonda como la propia pelota. Pero ¿Basta para atribuir al fútbol propiedades artísticas, además de las literarias, que le son tan evidentes como siempre que existe un héroe?

Eso es más difícil. En parte, porque el criterio artístico evoluciona junto a la condición humana a partir de las toscas pinturas rupestres. Y el fútbol algo tiene que refuta la evolución: prescinde del pulgar y su juega con los pies.

Además, el fútbol ha sido despreciado como una guarida tribal de salvajismo en el que las viejas naciones europeas seguían librando por otros medios sus guerras de siempre ante un público que degradaba la estética a cambio de orgullo y pulsiones vocingleras. En este sentido, un esnobismo intelectual, sobre todo en España, dejó al fútbol sin rapsodia y le dio un trato que sólo admitía el desprecio. El intelectual, el poeta, si acaso se prendó del torero, en el que encontraba atributos entre trágicos y aristocráticos, rondando siempre por la Muerte, que parecían imposible en un mero deporte. Y más en el fútbol, cuyo origen arrabalero ahondaba aún más la percepción áspera. Eso, es verdad, no impidió a Alberti escribir la ‘Oda a Platko’. Pero el fútbol discurrió por sendas antes épicas que artísticas que no le redimían de una chispa brutal por la que permanecía anclado en lo cavernario. Y sin embargo, limpios de prejuicios, podemos atisbarle una dimensión que linda con el arte.

Por convención, llamamos fútbol-arte al fútbol de toque, combinativo: aquél mejorado por un matiz de inteligencia en el que se define el ‘homo ludens’ aun no usando el pulgar. Pero no basta. La creación artística es una hazaña individual, es el hombre singularizado por el talento, y depende de la capacidad de provocar una emoción estética en el espectador. El fútbol tiene hombres así, que a veces ni siquiera se sospechan artísticos, porque no se teorizan a sí mismos. En un campo de fútbol artista es el jugador que, sometido a las mismas reglas y a las mismas limitaciones técnicas que cualquiera de sus compañeros, de repente hace algo que nunca había sido visto, que lo singulariza, y que enciende en la grada el nervio de una emoción. Es un instante sublime que ni siquiera necesita la victoria para justificarse. Uno de esos controles estáticos de Zidane, cuando dormía la pelota con el empeine. Una gambeta imposible de Maradona. Un taconazo de Falcao. Son momentos cargados de armonía, de coreografía, de belleza, en los que el hombre erige un monumento condenado a no durar más que la jugada, pero que alcanza una forma de posteridad al instalarse en la memoria y revivir, una y otra vez, en las conversaciones de los que lo vieron. Lo que siempre disgustó al ‘snob’ es que son piezas de arte popular que llegan a cualquiera y que por tanto no valen para construir una pretensión estilista.

David Gistau. Revista ‘Leer’, nº 213, junio 2010
www.revistaleer.com
 
FUENTE DEL ARTÍCULO:
http://www.eltoledo.com/
LUIS CARDEÑA GALVEZ

Fútbol. La vida en domingo

(Fútbol. La vida en domingo, Ed. Lengua de Trapo)

(Fútbol. La vida en domingo, Ed. Lengua de Trapo)

Más de uno podría pensar que es obra de un loco rematado o de un atrevido insensato escribir un libro de fútbol a partir de las enseñanzas de Max Weber, Karl Marx, Maurice Blanchot, Georges Bataille, Thomas Hobbes, Walter Benjamin o Vicente Verdú, entre otros filósofos y ensayistas. Pero ni corto ni perezoso, sin miedo escénico a saltar al césped literario para jugar un difícil partido, el argentino afincado en España Pablo Nacach (Buenos Aires, 1969) se ha sumado a la lista de aquellos que piensan que el fútbol no debe estar reñido con la cultura o viceversa.
No de modo gratuito este filósofo y sociólogo argentino titula uno de sus primeros capítulos El fútbol es la infancia, y de forma totalmente deliberada incluye como foto suya en la solapa una imagen de cuando era niño y jugaba en una playa. Porque, por encima de todo, Pablo Nacach es un gran aficionado al fútbol. Desde esta perspectiva, el autor no duda en señalar al principio del libro que “el fútbol es probablemente el más eficaz traductor que la infancia nos regala para poder comprenderla”. Es, sin ninguna duda, una afirmación que suscribirían millones de personas, varones en su inmensa mayoría, a lo largo de los cinco continentes. Pero Pablo Nacach va más allá al sostener que “gracias al fútbol el niño adquiere tempranamente una identidad casi clónica, asociada a los colores de su equipo preferido, que es habitualmente el del padre, el del abuelo y así regresando hasta llegar a la rama del árbol genealógico del bendito día en que se inventó el fútbol”.

Escrito en un español que oscila entre los castellanismos y los argentinismos, en especial en toda la terminología futbolística, con un argot que el autor explica previamente, el libro está salpicado de citas que van analizando las claves del éxito de este deporte de masas. Se cruzan en sus páginas la memoria de la infancia, las relaciones de los niños con sus padres y con sus madres, los ritos del juego, la actitud de los hombres y de las mujeres frente a este espectáculo (polémico tema donde los haya) y todos los trucos y entresijos del fútbol, incluido un divertido diccionario al final del libro.

Porque habíamos olvidado decir que Fútbol. La vida en domingo es un texto muy entretenido, lleno de humor y de anécdotas impagables (magníficos los retratos de Maradona o de Beckham), un tanto pretencioso en ocasiones, pero donde el autor intenta superar sus tentaciones de pedantería intelectual con una pasión muy emotiva, muy de piel, por el fútbol. Al fin y al cabo este deporte-espectáculo, manchado constantemente por corrupciones económicas y bajezas morales, mantiene su hechizo sobre las multitudes. ¿Por qué? Quizá Nacach ofrezca una respuesta casi metafísica: “El partido del domingo dura noventa minutos y pervive toda una larga y aburrida semana, llenando vacíos como sólo él sabe hacerlo”.

Miguel Ángel Villena.
Artículo publicado como “Fútbol para ilustrados”
Fuente: Babelia, El pais
26 de agosto de 2006.

El culto al fútbol

Durante la larga época en que el libro imperó como supremo patrón de la cultura, el fútbol fue absolutamente inculto. Ni siquiera las contadas aportaciones que novelistas o ensayistas hicimos para incorporarlo al acervo cultural sirvieron para gran cosa. Igual que con el fútbol, con el diseño gráfico, con la moda o con los automóviles, vino a ocurrir tres cuartos de lo mismo: en tanto sus asuntos no se registraban como tratados nutriendo las venerables bibliotecas era inconcebible que aspiraran a considerarse cultos.
Todo ello se ha venido abajo cuando el libro ha entrado en decadencia. Frente a la indiscutida supremacía de la cultura escrita ha emergido la poderosa cultura audiovisual y el actual patrón de valor lo constituye el espectáculo. No en exclusiva, necesariamente, pero de manera importante, creciente y sobresaliente. De ese modo, incluso el teatro de toda la vida ha pasado de promover el texto a la performance, de la escritura al movimiento y de la meditación al impacto.
En contraste con la cultura propia del libro, que requería aplicación e intensidad en la atención, la cultura audiovisual reclama extroversión y extensividad sensorial ante el panorama. Leer evoca una acción con profundidad para descodificar apropiadamente los garabatos, pero las pantallas o los panoramas se corresponden con una recepción en superficie. La cultura del libro es del orden del silencio mientras que la audiovisual pertenece a la naturaleza del estruendo. O bien, el clamor de la muchedumbre en la grada constituye el revés de la callada lectura en el gabinete solitario.
La cultura del libro, en fin, es de máxima concentración y la audiovisual de expansión máxima. Igualmente, el escenario amplio abierto sustituye a la encuadernación estricta y la intemperie del campo al confinamiento. De este modo diverso, a una cultura suave sucede otra agitada. A una insignia del saber culto, expresado por antonomasia durante siglos en el sigilo del libro, se superpone el ruidoso saber de la cultura pop democratizada y extendida en la sociedad del espectáculo.
Para casi todo aquel sujeto conspicuamente adiestrado en la etapa precedente el fútbol significa, a menudo, lo inculto. Pero el fútbol será, en este sentido, inculto sólo en la medida en que no se parezca en nada a la significación del saber libresco ni se avenga con sus santuarios. Será inculto -y anticultural- para aquellos feligreses del reino cultural anterior pero para la nueva época, saturada de saber audiovisual y ejercitada en la cultura de superficies, el fútbol representará no sólo un fenómeno propio de la cultura imperante sino, como hacen saber los millones de aficionados en todo el mundo, una muestra suprema de la nueva experiencia culturizada.

Vicente Verdú
Fuente: Babelia/El pais.
31 de mayo de 2008.

Entre los vándalos

Entre los vándalos (Bill Buford, Ed. Anagrama)

Entre los vándalos (Bill Buford, Ed. Anagrama)

En 1982, Bill Buford subió a un tren en una estación rural, en Gales. El tren estaba en manos de un nutrido grupo de aficionados al fútbol que habían comenzado su metódica destrucción; las fuerzas policiales fueron incapaces de impedirlo. Antes de llegar a Londres, el tren quedó fuera de servicio. Bill Buford, norteamericano residente en Gran Bretaña, jamás había presenciado una conducta parecida entre los aficionados al fútbol: nunca había visto a un «hooligan» inglés, a un «vándalo». ¿Había alguien que realmente tuviese conciencia de lo que sucedía todos los sábados en todos los rincones del país? ¿Por qué no se había parado nadie a escribir en serio acerca de ellos? Durante los ocho años que siguieron -los años de las revueltas en los ferries que cruzaban el Canal de la Mancha, de las reyertas en la calle, en los alrededores de los campos de fútbol, de las tragedias de Heysel y de Hillsborough, de la violencia desatada en el Mundial de 1990-. Buford se aprestó a viajar con los hinchas. Viajó con ellos por Gran Bretaña, Italia, Turquía, Grecia y Alemania. Asistió a reuniones del National Front y fue testigo del saqueo de un pub. Vio apuñalamientos, escenas de violencia extrema -en uno de los casos, la violencia sólo pudo detenerse con la llegada de un tanque del ejército-. Conoció a personas con apodos tales como Pete Parafina, Sammy el Caliente, Cabeza de Piedra… Se hizo amigo de otros, muchos de los cuales están hoy en la cárcel: carteristas, tironeros, atracadores, traficantes de cocaína, comerciantes de dinero falsificado, e incluso conoció a uno que le arrancó a un policía el ojo de un mordisco.

Fuente: Editorial Anagrama.

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