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Cuentos de fútbol

Fútbol, literatura y arte

Todos sabemos que Albert Camus, que jugo de portero cuando era demasiado pobre para gastar suelas corriendo una banda, dijo que fue en el fútbol donde aprendió cuanto necesitaba saber sobre la moral. Uno imagina que se refería a que un equipo es un compendio de virtudes viriles, incluyendo las de la camaradería y el compromiso. Y que un partido es un pretexto para someterse, sin derramamientos de sangre homéricos, a pruebas tales como la victoria, la derrota, la superación y la tentación de la trampa. Es una reflexión redonda como la propia pelota. Pero ¿Basta para atribuir al fútbol propiedades artísticas, además de las literarias, que le son tan evidentes como siempre que existe un héroe?

Eso es más difícil. En parte, porque el criterio artístico evoluciona junto a la condición humana a partir de las toscas pinturas rupestres. Y el fútbol algo tiene que refuta la evolución: prescinde del pulgar y su juega con los pies.

Además, el fútbol ha sido despreciado como una guarida tribal de salvajismo en el que las viejas naciones europeas seguían librando por otros medios sus guerras de siempre ante un público que degradaba la estética a cambio de orgullo y pulsiones vocingleras. En este sentido, un esnobismo intelectual, sobre todo en España, dejó al fútbol sin rapsodia y le dio un trato que sólo admitía el desprecio. El intelectual, el poeta, si acaso se prendó del torero, en el que encontraba atributos entre trágicos y aristocráticos, rondando siempre por la Muerte, que parecían imposible en un mero deporte. Y más en el fútbol, cuyo origen arrabalero ahondaba aún más la percepción áspera. Eso, es verdad, no impidió a Alberti escribir la ‘Oda a Platko’. Pero el fútbol discurrió por sendas antes épicas que artísticas que no le redimían de una chispa brutal por la que permanecía anclado en lo cavernario. Y sin embargo, limpios de prejuicios, podemos atisbarle una dimensión que linda con el arte.

Por convención, llamamos fútbol-arte al fútbol de toque, combinativo: aquél mejorado por un matiz de inteligencia en el que se define el ‘homo ludens’ aun no usando el pulgar. Pero no basta. La creación artística es una hazaña individual, es el hombre singularizado por el talento, y depende de la capacidad de provocar una emoción estética en el espectador. El fútbol tiene hombres así, que a veces ni siquiera se sospechan artísticos, porque no se teorizan a sí mismos. En un campo de fútbol artista es el jugador que, sometido a las mismas reglas y a las mismas limitaciones técnicas que cualquiera de sus compañeros, de repente hace algo que nunca había sido visto, que lo singulariza, y que enciende en la grada el nervio de una emoción. Es un instante sublime que ni siquiera necesita la victoria para justificarse. Uno de esos controles estáticos de Zidane, cuando dormía la pelota con el empeine. Una gambeta imposible de Maradona. Un taconazo de Falcao. Son momentos cargados de armonía, de coreografía, de belleza, en los que el hombre erige un monumento condenado a no durar más que la jugada, pero que alcanza una forma de posteridad al instalarse en la memoria y revivir, una y otra vez, en las conversaciones de los que lo vieron. Lo que siempre disgustó al ‘snob’ es que son piezas de arte popular que llegan a cualquiera y que por tanto no valen para construir una pretensión estilista.

David Gistau. Revista ‘Leer’, nº 213, junio 2010
www.revistaleer.com
 
FUENTE DEL ARTÍCULO:
http://www.eltoledo.com/
LUIS CARDEÑA GALVEZ
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