Cuéntame un gol

Cuentos de fútbol

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El minuto decisivo

Team 1, Picture of Chocolate, del artista Vik Muniz

Team 1, Picture of Chocolate, del artista Vik Muniz

Mientras templamos los nervios hasta el arranque, el próximo 12 de junio, del Mundial de Brasil 2014, veinte escritores se calzan las bota del microcuento y saltan del vestuario dispuestos a darlo todo.

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Tiempo

Julio de 1966. Tengo en la muñeca mi primer reloj y miro una y otra vez su esfera. Mi padre me ha regalado el tiempo, pero no me pertenece. Oigo Birminghan en la radio. Oigo Iribar, Amancio, Suárez. Oigo Alemania, España, mundial. Miro una vez más el reloj. Las agujas marcan las nueve y media. Oigo la palabra eliminados.
Luis García Montero

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Tu estadio

Ah. ¿Qué no te gusta el fútbol? Entonces, las calles serán tu estadio. Del último minuto, del decisivo, a cada partido, te avisará el silencio en el barrio. Si luego estallan el clamor y los cohetes, será que habremos ganado. Si calla, no. Nadie escapa al Mundial, hombre. Que la tele o la radio puedes apagarla, pero a tus vecinos no.
León Arsenal

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Contraataque

Un contraataque claro. Un defensa por delante, en el círculo central, y después solo la hierba y el portero. El chico tira un caño y sale airoso. Veloz. Visualiza el gol que daría la Copa del Mundo a su país. El recibimiento. Las portadas. Las entrevistas. Su fichaje por un gran club. El dinero. Los coches deportivos. Las fiestas. Las prostitutas de lujo. Cuando pisa el área chuta sin apenas fuerza, muy desviado.
Juan Carlos Márquez

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De penalti

Te gritaban traidor por jugar en la selección de otro país. Ahora callan. Penalti en el descuento, posible prórroga. Conoces al portero. Lo miras. Se tirará a la izquierda. Pateas. A la izquierda y lo para. Pitido final y euforia de los rivales, salvo tu hermano, que ni con una Copa del Mundo te perdonará que te acostaras con su novia meses antes de que se casaran. De penalti.
Carlos Salem

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Balada futbolística

Yo corro por el césped para hacer lo que tengo que hacer, Dios me puso en el mundo y obedezco, ¿qué quieren todos estos? Me persiguen furiosos, lanzan patadas pero yo corro más. Encuentro un punto vacío en el área. Haré lo que sé hasta que los defensas se me echen encima -tras colarse en el estadio, la oveja mordisquea hierba con delectación.
Juan Soto Ivars

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Pelucas

La superstición de Del Bosque nos hundió. Se empeñó en que nos pusiéramos todos coleta, el talismán de moda. Aquel maldito teutón se la agarró a Ramos para impedirle rematar de cabeza el seguro gol de la victoria. Cayeron al suelo coleta y cabeza. Abierto el cráneo en el césped, el mundo entero supo que éramos todos máquinas.
Román Piña Valls

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Venganza

Se le paró la sangre al hacer sonar el silbato, porque faltaban dos minutos para terminar la prórroga del España – Francia y aquel penalti era decisivo. Es verdad, no lo había visto. Pero lo pitó espoleado por los gritos del público mezclados con el recuerdo de una novia francesa que le había roto el corazón.
Marta Rivera de la Cruz

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Es juego de monjas

De niño estuve en una escuela de monjas donde nos obligaban a jugar futbol todo el tiempo. Pensaban que esa dosis agotadora de futbol nos impediría masturbarnos. Inocentes: aprendíamos a respirar con ritmo intenso y sostenido, esencial en la vida sexual. Ellas hacían de nosotros grandes masturbadores. Pero aprendíamos a detestar el fútbol. Lo relaciono con la represión más perversa: deporte de monjas secas.
Alberto Ruy Sánchez

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Castigo máximo

En el último minuto, después de driblar al defensa, cuando el delantero cruzó el área de castigo con el cuero pegado a la bota, el guardameta salió de la portería y le agarró del cuello. Lo hizo con tanta fuerza que el delantero tuvo una erección. Entonces el árbitro se llevó el pito a la boca y silbó penalti.
Montero Glez

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Baggio 1994

Soy Roberto Baggio y voy a tirar el quinto penalti de la final. Si supero a Taffarel, Italia será campeona del mundo. Soy Roberto Baggio y si bato a Taffarel conseguiré, casi con toda seguridad el Balón de Oro por segunda vez consecutiva. Soy Roberto Baggio y puedo hacer enloquecer a mi país, a mi familia, a mis compañeros. Soy Roberto Baggio y sé que si meto ese penalti seré un héroe, haré historia pero nunca sabré nada de mí. De quién soy. De si sé levantarme del suelo. Soy Roberto Baggio.
Carlos Zanón

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Como no me gustaba

Como no me gustaba el fútbol, me eligieron de césped. En el primer minuto pensé que no aguantaría, que me desprendería en jirones. Con las primeras patadas, sin embargo, sentí un cosquilleo de placer que me hizo crecer vertiginosamente. Primero, ralentizaba las carreras y agarraba el balón. Luego, los engullí y me mecí con la ligera brisa, formando pequeñas olas.
Luis Muñoz

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Real Madrid

Es el 30 de julio del año 2666. Ya no existen naciones sobre la tierra, ni estructuras políticas complejas. Los Estados fueron sustituidos por clubes de fútbol. Acabaron las guerras, acabó el hambre. El fútbol se reveló como el destino perfecto y final de la Historia. Muchos equipos sucumbieron. Sucumbieron el Barcelona y el Atlético de Madrid y el Atlético de Bilbao. Pero hoy es la final del campeonato del mundo. No se enfrentan países sino clubes. Me llamo Curtis Cervantes y soy el delantero centro del Real Madrid. Que contra quién jugamos esta tarde: contra nadie. El Real Madrid es lo único que existe. Jugamos contra nosotros mismos. Somos lo único que ha quedado en pie: el pie, el blanco pie.
Manuel Vilas

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Un minuto para pensar en Sonia

Soñé con Sonia diez años. Cuando al fin la desnudé, sólo aguanté un minuto dentro de ella. Después, nunca respondió mis llamadas. Ahora en la final del mundial, se ha lesionado el portero y debo sustituirlo. Queda un minuto. El más largo de la historia. Veo la tromba de delanteros que se lanzan para masacrarme. Susurro como el conjuro más triste, más esperanzado: Sonia, Sonia, Sonia.
Juan Carlos Méndez Guédez

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El miedo del árbitro

Un equipo de rodaje está en mitad de la Gran Vía. Sábado, ocho de la tarde. No se trata de un Antonio López. No sé lo que es. Soy la única pasajera de un autobús que no conduce nadie. Abro Twitter y leo que la gente a la que no le gusta el fútbol no entiende la vida. Ahora sí entiendo.
Elvira Navarro

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Autogol

Del once titular, era el único que no había salido en portada alguna: deportivos, revistas de moda, prensa rosa o sección policial (el otro defensa central atropelló a una familia; fue exonerado). Ni siquiera tenía apodo. Cinco cromos suyos se cambiaban por el del arquero de Bosnia. Iban empatados, faltaba un minuto y ahora sí el país entero tendría su nombre en la boca.
Federico Guzmán

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Demasiado tarde

Que los mejores goles se meten con la mano lo empiezas a descubrir más tarde. Al principio todo son piernas, torsos sudados, cabezas desgreñadas, coces que siegan el área pequeña. El rugido del fondo, despertado por la ondulación de la red al recibir el balón. El sí del linier, el pitido inequívoco. Sólo después, en la pantalla implacable, esa mano. Borrosa y pixelada, apenas un defecto informático, pero innegable. Tarde y eterna, congelada como la foto de todas las victorias.
Sergio del Molino

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La última oportunidad

Aunque pasábamos una mala racha, la convencí para que viniera. No le gustaba el fútbol, pero allí estaba. Y viviendo el final con la misma angustia que yo. Córner. La última oportunidad. Y… ¡Gol! Nos abrazamos con una pasión ya olvidada. Al separarnos, dijo: Acabo de ganar 6.000 euros. Y supe que no pensaba gastar ni uno conmigo.

Martín Casariego

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Fin de ciclo

El esférico, una mole de hielo y roca, se desvió tras rozar otro cuerpo celeste, atravesó nuestro área a treinta mil kilómetros por hora, transformado ya en una bola de fuego silbante, y se incrustó al fondo del mundo, frente a las costas de Yucatán. Fue el mejor gol de la historia de la competición. O de la era mesozoica.
Mario Cuenca Sandoval

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Deseo de ser piel roja

En otra realidad Luis Enrique se levanta aturdido y se revuelve, tras recibir el codazo de Tassotti, con la ráfaga cárdena sobre la camiseta y su deseo brutal de ser piel roja. Golpea al italiano hasta robarle su última respiración, vistiéndose con el calor de su sangre, y galopa después por la ladera con sus nuevas pinturas cobrizas en los ojos.
Joaquín Pérez Azaústre

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El pacto

Vendió su alma al diablo a cambio de que el Atlético ganara al Madrid en los noventa minutos reglamentados. Cuando Sergio Ramos marcó el empate, aquel forofo ya llevaba 2 minutos y 48 segundos ardiendo en el infierno.
Juan Aparicio Belmonte

Fuente: El cultural (06.06.14)

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34787/El_minuto_decisivo

Tía Lila (Daniel Moyano)

Pobre tía Lila con su vestido blanco, tan alta, tan soltera. Un vestido en el que trabajaron todas las costureras de las sierras para plisarlo y darle esa forma de campana ondulante que tenía todas las tardes tía Lila cuando nos llamaba a rezar. Chicos, dejen ya esa pelota, a lavarse las manos, a frotarse las rodillas, a limpiarse la nariz que vamos a rezar. Un vestido que, de tan plisado que era, ella podía levantarlo o moverlo para cualquier lado sin que se le vieran las rodillas; nunca se acababan los pliegues, ni siquiera cuando tomaba las puntillas del ruedo y alzaba el vestido con sus brazos para ser un pavo real, o juntándolas encima de la cabeza, cerrándose allá arriba las dos puntas, para ser escarapela. O puro remolino si bailaba, el vestido se abría y giraba como el remolino donde se ahogó tío Jacinto. Y qué manera de tener encajes y bordados el vestido de tía Lila. Hilos de todos los colores formando dos grandes mariposas en el pecho, repetidas en las mangas cerradas en los puños con tiritas amarillas, todo encerrando a tía Lila en una gran blancura.

Chicos, hoy nos vamos a Cosquín a visitar al tío Emilio. Y a portarse bien, no llevar las hondas, no matar palomitas de la virgen, no entrampar jilgueros.

Portarse bien con el tío Emilio que es tan bueno que dará leche de cabra, pan con chicharrón y miel de sus panales. Cuidado, chicos, a ser muy juiciosos, a ser prudentes en la casa del tío Emilio tan bueno tan hermoso. Nada de cazar pájaros y clavarles agujas en los ojos, Dios puede castigarlos por eso y dejarlos ciegos para siempre. Aprendan de tío Emilio que es tan bueno y nunca mató pájaros ni les pinchó los ojos. Por eso lo mejor es portarse bien y juntar berro peperina piquillín y chañar para el tío Emilio, sin olvidarse de pedirle la bendición. ¿Y no podemos llevar la pelota? No, eso no, dice tía Lila, porque entonces juegan y gritan demasiado, los gritos ponen nervioso al tío Emilio y además espantan sus abejas.

Que Dios los bendiga mis queridos, dice tío Emilio tocándonos la cabeza. Y ahora vengan a ver mis flores, mis panales, mis cabritos, mis melones, mis jaulas con Siete Colores, mis canteros de margaritas y coronas de novias. No, gracias tío Emilio, queremos ir a la canchita. Bueno hijos, vayan con Dios pero no se junten con los negros, no se peleen ni se insulten. No, nunca tío Emilio, porque Dios está en todas partes y nos está mirando y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Desde la canchita hacemos señas a los negritos del rancherío, que vienen como moscas. Che, ¿no tienen pelota ustedes? Podríamos jugar un partidito. Qué van a tener pelota ellos. Pero hacen señas con los ojos para que miremos el suelo. Y ahí vemos un montón de sapos que han salido del arroyo a buscar bichos, dele saltar por la canchita.

Lo lindo de esto es que la pelota ayuda, se gambetea sola. Linda pelota saltarina para los buenos tiros de voleo. Lo malo es cuando hay que cambiar de sapo. A veces te cortan en pleno avance diciendo che, esa pelota ya no vale, ¿no ves cómo está?, ahora la pelota es ésta. Entonces discutimos mucho, griterío, chicos, qué están haciendo en la canchita por amor de Dios, llega la voz de tía Lila.

Carozo y Titilo han formado dos bandos. Yo en el arco de Carozo, el Beto en el de Titilo. Y hay cuatro negritos para cada bando. Y un montón de sapos, que en cierto modo también son jugadores, alternadamente; ellos, cuando no son pelota, van saltando por la canchita como si jugaran; uno que sube y otro que baja, saltando siempre, desde el arroyo hasta la casa de tío Emilio, justamente hasta sus canteros de coronas de novias, todo es un latir de sapos.

En eso hay un pase alto de Titilo. Un negrito viene a la carrera con intención de cabecear, pero justo a tiempo recuerda la calidad de la pelota y entonces la para con el pecho, no la deja caer al suelo, juega bárbaro el negrito; la frena en la rodilla, la bailotea con la izquierda y tira con la derecha a media altura y muy violento. Yo estoy bien colocado y embolso sin problemas. Pero ahí nomás la suelto, la tiro para atrás por encima del palo, está helada esta pelota, córner gritan varios. Automáticamente voy a buscar la pelota cuando llega la voz de Titilo diciendo que la deje, ya no sirve. Y allá desde el córner con las patas abiertas viene gritando el otro sapo, la panza le blanquea cuando pasa frente al arco, peligro para mí, he salido a destiempo, cuando Carozo salvaba la situación sacando de voleo, un tiro bárbaro que toma de sorpresa al otro arquero, que ni ve la pelota cuando pasa alta junto al poste casi en el ángulo y se estrella no sé dónde y ya estamos uno a cero, nos abrazamos con el Carozo y los negritos.

Chicos, no se ensucien, dice tía Lila debajo de la magnolia. Y dentro de un rato vengan que vamos a rezar todos juntos por el tío Jacinto que está muerto pobrecito.

Nosotros no queremos rezar ni que nos cuenten otra vez la historia del tío Jacinto. Ya nos hemos olvidado de él. Sabemos que tenía bigotes y usaba sombrero aludo porque así está en el cuadro, en la pared.

Es que el remolino lo hundió y lo devolvió tres veces a la superficie, dice siempre tía Lila como si no lo supiéramos, mostrándonos tres dedos blancos, y nadie fue capaz de alcanzarle un palo, una tablita al pobrecito, y a la tercera vez ya no volvió a salir más.

Se ahogó por boludo, decimos siempre con Titilo. Nosotros nos bañamos siempre en los remolinos, es mejor que en aguas mansas. Uno se deja llevar girando para abajo un par de metros, y en el fondo el remolino es un puntito que no tiene fuerza, acaba en cero. Todo lo que hay que hacer es apoyar un pie en el fondo y con el envión salir hacia el costado, y ya se está fuera del giro. Después de nadar hasta la superficie, tomar resuello y otra vez adentro. Como un tobogán, pero más divertido. El remolino no existe en el fondo del río, todo el mundo lo sabe menos el tío Jacinto. Y los que estaban ahí se lo decían: haga un envión cuando esté abajo, señor Jacinto, tenga en cuenta que el remolino lo llevará de abajo hacia arriba tres veces solamente. Se lo decían con palabras y también con señas por si era sordo, pero él nada. En vez de hacer lo que le decían, él también hacía señas con los dedos, y nadie lo entendía por supuesto. Los otros le decían tres, tres dedos le mostraban para que los mirase, y él también mostraba, cada vez que salía, tres dedos, siete dedos, nueve dedos. Tres veces, le decían los otros, pero él nada, haciendo su testamento, tres vacas, siete ovejas, nueve canarios, todo eso se lo dejo a mi querido hermano Emilio. Los bigotes y el sombrero chorreando. Tres veces te perdona el remolino. Pero él nada. Y claro, a la tercera vez el remolino se lo llevó al carajo. Entonces que se joda, decimos siempre con Titilo.

Qué hacés, imbécil, me grita Carozo cuando me dejo meter el gol, cuando no veo al sapo que pasa como un refusilo entre mis piernas, todo por acordarme del tío Jacinto. Menos mal que es gol anulado: la pelota es ésta, dice un negrito que se corta solo para el otro arco, y cuando va a tirar sale Titilo, taponazo, se la quitan y a cambiar de sapo.

Titilo busca el empate como loco y como sabe que yo no sé atajar pelotas altas se remuerde en un tiro demasiado alto que pasa por encima del travesaño; salto todo lo que puedo viendo que el sapo va derechito a lo del tío Emilio, alcanzo a rozar la pelota con las uñas pero no hay caso, se me va, girando como un remolino con la panza para arriba allá lejos se estrella contra la jaula del Siete Colores de mi tío Emilio. Y en seguida la voz de tía Lila, tan buena, tan creída, la voz que dice por amor del Señor mis chiquilines, dejen tranquilo a ese sapito y vengan a rezar, ella hablando de un sapo y nosotros ya hemos usado como veinte.

Paren, penal, gritaron todos. Del penal del empate me acuerdo muy bien. Discutían a ver quién lo pateaba. Era un sapo grande, gordísimo, que no se quedaba quieto frente al arco mientras discutíamos. Lo ponían en su sitio y él siempre agarraba para el lado del arroyo. Al final lo pateó el Titilo, como siempre. Volvieron a poner el sapo en su sitio. Titilo lo miró, tomó carrera y se remordió en un tiro a media altura que no pude atajar desgraciadamente, mientras oía el grito de tía Lila como yéndose del mundo, cayendo en remolinos, mientras veíamos que su vestido blanco cambiaba rápidamente de color mientras oíamos su grito más bien suave, como si fueran señas de gritos, más bien lánguido, como si en vez de gritar estuviese diciendo qué han hecho mis queridos, no se olviden que Dios y el tío Jacinto los están mirando desde el cielo.

Gol, golazo, gritan Titilo y sus negritos, que se abrazan con el Beto. Yo me retuerzo de bronca en el suelo, muerdo el pasto. Dejarme meter el gol y además mancharle el vestido a tía Lila. Ahora ella va a pensar que no la queremos. El vestido tan blanco, tan bordado, tan puntillas, entre las dos mariposas ha reventado el sapo, a la altura del canesú alforzado del vestido de tía Lila pavo real y escarapela.

Es molestísimo rezar cuando se suda a mares. Sudando es imposible concentrarse en el retrato del tío Jacinto, alumbrado con velas. Rezamos mirando de vez en cuando a tía Lila, que llora en enaguas lavando su vestido en una palangana. Nunca sabremos si llora por su vestido o por el tío Jacinto. Titilo reza mirando el retrato, pero los ojos le relumbran de alegría. Yo rezo tratando de disimular la bronca que tengo todavía. Un poquito más y lo atajaba, le agarraba una pata, qué sé yo, lo echaba al córner. Si me estiraba un poco más ganábamos uno a cero. El tío Emilio que reza con nosotros como si contara melones o cabritos. La tía Lila, que al siguiente verano habíamos olvidado como al tío Jacinto porque después no volvimos a las sierras. La tía Lila creyendo en tantas cosas buenas. La tía Lila que dicen que nunca pudo sacar del todo las manchas de sangre que hicimos en su vestido blanco. La tía Lila sin saber que nosotros seguiríamos matando sapos.

DANIEL MOYANO
(Buenos Aires, 1930 – España, 1992)

FUENTE: BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES, 2011.

El juramento

Foto de José Lara.
Fuente:
commons.wikimedia.org

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que vi –o lo que creí ver ayer tarde– para darme el lujo de empezar bien temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

“ No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. “

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía. Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica.

No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada.

Gabriel García Márquez

La barrera

Un paso más atrás. Dos más atrás. Tres. Ahí está bien. Ya está la barrera formada. Una baldosa más acá. Un momento. Ante todo, sacar las cosas del arco. Hay botellas debajo de la pileta. Ya la otra vez cagó una. Y dos sifones. El blindado no es nada, pero el otro puede reventar, y los sifones revientan y los pedacitos de vidrio saltan y se meten en los ojos de uno. Bien juntas las macetas de la barrera. El arquero muy nervioso. Miguel Tornino frente al balón. Atención. El rubio Miguel Tornino frente al balón. Una mano en la cintura. La otra también. La mano sacándose el pelo de la frente. La transpiración de la frente. De los ojos. Hay silencio en el estadio. Es la siesta. Hasta el Negro se ha quedado quieto. Resignado a ser simple espectador de ese tiro libre de carácter directo que ya tiene como seguro ejecutor a Miguel Tornino, que estudia con los ojos entrecerrados el ángulo de tiro, el hueco que le deja la barrera, la luz que atisba entre la pierna derecha del recio mediovolante de la visita y la pata de portland de la maceta grandota del culantrillo. Un solo grito en el estadio: Miguel, Miguel. El público de pie ante ésta, la última oportunidad del Racing Club cuando sólo faltan dos minutos para que finalice el match. Habrá que apurarse antes de que vuelva a adelantarse la barrera o el Negro insista en morder la pelota y hacerla cagar como el otro día que la pinchó el muy boludo. Sonó el silbato. Habrá que pegarle de chanfle interno. La cara interna del pie diestro de Miguel Tornino, el pibe de las inferiores debutante hoy le dará al balón casi de costado, tal vez de abajo, con no mucha fuerza pero sí con satánica precisión para que ese fulbo describa una rara comba sobre la cabeza de los asombrados defensores, sobre el despeinado pirincho del helecho de la segunda maceta y se cuele entre el travesaño, el poste, el postrer manotazo de la lata de aceite Cocinero que se ha lucido hasta el momento. ¡Tiró Tornino…! y… se hizo mimbre en el aire el arquero ante el latigazo insólito de curva inesperada y con la punta de los dos dedos allá voló la lata a la mierda, carajo que ladra el Negro, sí mamá… sí la guardo… está bien… pero mirá vos cómo la viene a sacar este guacho.

Roberto el Negro Fontanarrosa (1944-2007).

Los tres palos

Cuento ganador del concurso nacional El fútbol también se lee. Año 2013 (Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile).

Siempre esos partidos eran aburridos, como el clima de las tres de la tarde, viscoso, la atmósfera pegadiza y esa canícula brutal que ardía en la mollera. Alrededor serpenteaba una lentitud de espanto. Apenas unos atrevidos caminaban un trecho con una botellita de líquido adherida a la comisura. A esa hora jugaba el equipo de la Tercera División, dando inicio a la larga jornada de la tarde. Y había que sacrificarse frente al calor montaraz. En eso consiste la pasión, el fútbol vital. Llegaba buena cantidad de público que desafiaba a esa pesada gelatina sin ventilación y se perdía la siesta del domingo; había motivo para ir a la cancha. Jugaba El Pájaro, un arquero sensacional, ágil, un poco loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca desmedida, caótica, que le raspaba los hombros y le daba un aire de Sansón en decadencia; con fama de imbatible, de acróbata de los tres palos, atajaba como quería, con una mano, levantando una pierna, usando la cabeza, bajándola de pecho, y hasta colgado sobre el travesaño.

El famoso guardavalla tenía una costumbre algo rara, que asomó siendo niño: apenas comenzaba el partido subía al travesaño de un brinco. De pie o sentado en la madera observaba el partido, a veces liando un cigarrillo, chupando una caluga o parado cuan largo era. Cuando el trámite del pleito invitaba a un festín de bostezos, daba órdenes, gritaba a todo pulmón con su voz ronca y reclamaba aplicación a sus compañeros. Naturalmente, lo hacía para que despertaran. También aplaudía las buenas jugadas y nunca dejaba de rezongarle al árbitro. Frente a una maniobra de real peligro en su área, se impulsaba como un resorte a la cancha y con un cálculo impresionante tapaba los disparos, evitaba goles, cortaba centros cabeceando la de cuero, o volaba desde esa altura para sacar con la mano los tiros a media altura. Alejado el riesgo, volvía a la altura de los palos con suprema naturalidad. De vez en vez, se distraía contemplando las vastas y lejanas geografías. Parecía un mono atajando pelotas, un librepensador o un ángel que añoraba regresar al lecho de los cielos.

La gente lo aplaudía a rabiar. ¡Los fanáticos vienen a disfrutar a esos pocos que rompen los esquemas y se salen de la abulia formal de las cosas!

La imagen de verlo meditabundo, sentado o caminando por la madera era de una belleza indescriptible. El escaso público reconocía con palmas su originalidad.

Los árbitros no sabían si era lícito que jugara encaramado en el travesaño. De modo que sólo le pedían que no fuera a lastimarse. El Pájaro reía casi indolente. Se tenía fe. Confianza. Para él resultaba más seguro estar en el aire que pisando el suelo. Contaba que veía mejor los engaños, las burlas y las gambetas de los rivales –“y las injusticias de los ricos, por supuesto”, filosofaba–. Entonces, si la situación lo requería, volaba para contener los avances. Era una costumbre que desarrolló desde la tierna infancia, cuando vivía más en las copas de los árboles, en los tejados de las casas, que en la quemante tierra; odiaba el dolor de las calles, la contaminación humana y el hedor insano que emanaban los basurales.

El récord de subir y bajar en un mismo cotejo lo realizó un domingo 1 de noviembre, se elevó y descendió treinta y tres veces, similar al número de años de Jesucristo. “Nunca fui más feliz que aquella vez”, recordaba a menudo con luminosa nostalgia.

Naturalmente, en muchas ocasiones le encajaron sendas dianas desde treinta y cinco metros de distancia, que lo sorprendieron. Lo dejaron sin reacción. Eran los costos de la audacia. Empero, se había dado el lujo de atajar lanzamientos penales ubicado en el centro del travesaño, ¡arriba! Nadie, ni él siquiera, podía explicar cómo pudo llegar a esas pelotas golpeadas con bronca a doce metros de la línea del pórtico.

En una oportunidad, un puntero vivaracho le mandó un potente tiro a media altura. El Pájaro, antes que sacara el disparo, intuyó la intención del jugador y en una décima de segundo ya estaba preparado: cuando vio que el balón transitaba velozmente por el firmamento, se colgó sujetando los pies en el madero y desvió el esférico balanceándose con la rapidez de un chimpancé. Hasta el árbitro celebró el invento.

En cambio, cuando el partido era aburrido en extremo, se recostaba a lo largo del travesaño, como si estuviera en la playa mirando la pletórica belleza de un mar en calma, sacaba desde las medias un cigarrillo –no podía estar sin fumar–, lo encendía y parecía feliz de la vida trepado en esa altura del arco. Un par de ocasiones permitió soberanamente que los rivales marcaran un gol para avivar la contienda y entretener a los fanáticos que lo venían a ver.

El Pájaro fue realmente un excelente golero. Podría haber jugado en Primera junto a las demás estrellas del Unión Milán: lo perjudicaba su peculiar estilo. Varios entrenadores le ofrecieron subirlo de categoría a cambio de “civilizar” su forma de jugar. No le interesaban este tipo de ofertas. Las desdeñaba.

–Si lo hago, muero como jugador y persona; yo así entiendo la vida… –explicaba.

A decir verdad, no le importaba en cuál equipo lo ponían, sino que le permitieran jugar donde más se sentía feliz y se divirtiera: arriba del travesaño.

Alguna vez alguien le preguntó por qué atajaba de esa manera, y contestó que el puesto de arquero era una especie de desgracia, había que aliviarlo con algo de locura y de poesía, entonces se le ocurrió aquello de subir al palo, caminar y correr de memoria sin caerse, mientras el gentío gozaba de lo lindo y sus compañeros defendían la redonda en la mitad de la cancha. “Las grandes creaciones del mundo se han conquistado con un pie más arriba de la tierra”, solía decir en la sede del club. Pocos atendían sus palabras.

Para desdicha de él y de su hinchada, sobrevino una tarde negra.

Su equipo disputaba el tercer lugar en el campeonato. Era el último pleito del año. Y llegó demasiada gente. Incluso merodeaba la cancha un periodista de un diario popular que quería escribir una nota sobre el insólito guardavalla.

Los nervios traicionaron a sus compañeros y al entrenador. En el camarín le suplicaron que, ¡por única vez!, defendiera el arco abajo, a la manera tradicional. –¡No puedo! –respondió El Pájaro–. Va contra mis principios… –y remató–: Además un periodista de un diario está preparando un reportaje sobre mi forma de jugar.

No lo convencieron.

Y el partido empezó. Apenas pudo, voló ágilmente hasta el travesaño. Mientras peregrinaba por la madera, con las manos en la cintura, chascas al viento, un fotógrafo le sacó varias instantáneas. Parecía un pájaro de carne y hueso desafiando a la raza humana. Por primera vez el entrenador insistía a viva voz que descendiera de los palos. El Pájaro escuchaba la demanda, pero la ignoraba con evidente desdén.

Atajó un par de pelotas fáciles. Quiso la suerte que alcanzara a desviar de manera espectacular un balón que se colaba en el “rincón de las arañas”. Voló hasta el otro extremo para salvar su valla.

Aplausos endemoniados del público y nuevas peticiones del entrenador y de sus compañeros para que jugara a ras de piso. Volvió a ignorarlos.

Se cumplían casi treinta minutos del primer tiempo, cuando un delantero del equipo contrario sacó un disparo impresionante; él vio el movimiento del pie izquierdo, mas no pudo adivinar la trayectoria del balón, que se acercó haciendo cabriolas, un zigzag extraño, como que iba a un lugar y luego se desviaba, y acabó por golpear de forma violenta en pleno abdomen de El Pájaro, quien reaccionó tardíamente, embolsando el balón contra su estómago, afirmándolo seguro en los guantes; sin embargo, el impacto le hizo perder el equilibrio, sus pies se enredaron y cayó desgraciadamente dentro de su arco. Gol. Lo tapizaron con garabatos de grueso calibre, recordándole las zonas nobles y reproductoras de sus más preciados familiares. Para colmo, el entrenador lo cambió…

–¡No te quiero ver más! –le gritó el técnico, ofuscado.

El Pájaro, avergonzado, cariacontecido, entristecido como jamás se le vio, dio media vuelta, se sacó los guantes, los botó, y echó a caminar por la línea del ferrocarril. En el trayecto se detuvo para quitarse los zapatos, haciendo un nudo con los cordones y colgándolos, a la manera de un animal cazado, en el hombro. Iba llorando. Desapareció bajo esa tarde que recordaba a los difuntos del mundo. Lo último que se le vio fue la chasca flotando a medida que se perdía. Nunca más regresó. Se retiró del fútbol. La sombra de su cabello fue la única imagen que la gente recordaría muchos años más tarde, porque la otra imagen, aquella de verlo pendido en el travesaño, arriba de la tierra quemante, que evocaba a un sufriente Cristo, ésa había que haberla visto para contarla: ¡era de una belleza indescriptible…!

Autor:

Reinaldo Edmundo Marchant (Santiago, 1958).
Es autor de una veintena de libros, cuatro de ellos de cuentos literarios de fútbol, relatos que figuran en antologías latinoamericanas y también han sido seleccionados para una película que se filma en México. Fue el Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile más joven en su historia. Ha obtenido numerosos premios literarios en Chile y en diversos países, entre ellos el Premio Nacional de Novela Andrés Bello en 1988.

Fuente:http://elfutboltambienselee.cultura.gob.cl/cuento_ganador/5

Aquel santo día en Madrid

Cuando supe que mi astronave bordearía el planeta Tierra en su viaje de retorno al nuestro, le sugerí al jefe de la expedición la conveniencia de aprovechar la oportunidad para que yo pusiese al día nuestros conocimientos acerca del sentimiento religioso en las zonas terrícolas más adelantadas. La última investigación disponible databa de años atrás, a raíz del concilio ecuménico que se esforzó por modernizar la Iglesia católica y, a la vista de posteriores noticias, la situación había variado bastante por ciertas reformas vaticanas susceptibles de afectar a nuestras intenciones expansivas en la Tierra. Tratándose de catolicismo, y dada la excesiva densidad de la contaminada atmósfera terrestre, que nos impide permanecer en ella más de un día sin equipo adecuado, lo más razonable para mi proyecto era detener la nave en la frontera gravitatoria sobre la vertical de España. Elegir este país resultaba obvio por dos motivos. Primero, porque es bien conocido como máxima encarnación nacional del catolicismo más acendrado y ortodoxo; hasta el punto de que cuando el mencionado concilio recomendaba acabar con intolerancias seculares, el Gobierno español de entonces seguía prohibiendo la libertad religiosa alegando que todos los españoles son católicos de nacimiento y no necesitan otra fe. Segundo, porque posteriormente se ha iniciado en el país una transición política cuyas repercusiones sobre la religiosidad importa conocer como dato para nuestra estrategia futura, pues, no es lo mismo presentarse en la Tierra como colaboradores científicos que montar una aparición mesiánica capaz de asegurar el control ideológico sobre mentes propicias.

Lo que convenció a mi jefe fue que para mis observaciones bastarían pocas horas, pues nuestro acercamiento al planeta coincidía con el día santo de la semana, allí llamado domingo, y el mero comportamiento de las masas populares acudiendo la los templos y practicando el culto permitiría por sí solo actualizar el índice de religiosidad. Así es como aquel domingo terrestre emprendí mi regreso a la Tierra, esquivando los toscos satélites artificiales que los atrasados terrícolas desparraman por su espacio como las latas y botellas vacías de sus playas. ¡Bien ajeno estaba yo en aquellos momentos a la sorpresa del cambio cuyas primicias informativas tengo el honor de someter a nuestras autoridades mediante la presente Memoria?

La verdad es que mi primera impresión, sobrevolando ya la capital, fue más bien confirmar lo que sabíamos, es decir, la intensa religiosidad colectiva, pues mis sensores psicosociales captaban fuertes ondas convergentes orientadas hacia un punto concreto de la ciudad. Hacia esa orientación atendían las mentes ciudadanas en su mayoría, bien meditando sobre el culto, bien preparándose con la lectura de Prensa especializada o cambiando impresiones sobre los actos del santo día. Ya veía yo a los más impacientes empezando a provocar embotellamientos en las calles conducentes al foco de convergencia, sin duda el templo principal. Desde los barrios más lejanos acudían arroyuelos humanos a sumarse en las bocas del metro o llenando autobuses y coches particulares. La creciente ionización psicológica del ambiente daba a entender que se acercaba la hora y para mí no podía existir duda de que aquellas masas, olvidando toda otra preocupación en su día sagrado, no podían concentrarse más que para una sola cosa: la celebración del culto nacional.

Mezclado con la multitud llegué al templo y me quedé estupefacto ante una arquitectura muy diferente de la conocida. Pero aún fue mayor la sorpresa en el interior, donde nada recordaba la liturgia de siempre: ni naves, ni retablos ni altares, sino un inmenso graderío al aire libre, rodeando un gran espacio rectangular cubierto de césped. En suma, algo más parecido a un circo romano que a una iglesia tradicional.

En vano procuré distinguir los consabidos símbolos del cristianismo, pues, aparte una abundante publicidad comercial (tan incompatible con la evangélica expulsión de los mercaderes del templo), los únicos objetos al parecer rituales eran tres maderos ensamblados entre sí y situados en cada uno de los lados menores del rectángulo. Dos postes verticales, algo más altos que un hombre, y un travesaño más largo colocado horizontalmente sobre ellos. Curiosamente, una red sujeta a los maderos parecía cerrar por detrás aquella especie de puertas.

Yo no sabía qué pensar. Por una parte, no podía dudar de que me encontraba ante una ceremonia religiosa, pues no podía tener otro objeto semejante reunión del pueblo en el día santo de una ciudad tan fervorosamente católica. Pero, por otra, ¿era posible tan radical transformación del culto en los pocos años de la transición … ? En esas dudas estaba cuando el clamor de los fieles que abarrotaban el graderío atrajeron mi atención hacia el comienzo del culto.

Unos personajes, sin duda los sacerdotes, emergieron del seno de la tierra por una salida en rampa y avanzaron, en hilera, a grandes saltos elásticos, hasta el centro del campo. Me sorprendió ante todo su juventud, pues yo esperaba, lógicamente, fa aparición de alguna venerable barba. En cuanto a sus ropajes ceremoniales, no eran menos insólitos que lo demás: vestían todos pantalón corto y calzaban fuertes botas. Las túnicas o camisetas diferían en el color: conté hasta 11 oficiantes cubiertos de blanco -símbolo seguramente de pureza, o al menos así era antes en la Tierra-, mientras otros 11 la llevaban de rojo oscuro, sin duda con un significado maligno, a juzgar por los gritos hostiles de la mayoría de los fieles, muy en contraste con la aclamación tributada al aparecer los 11 blancos. Tras esos 22 celebrantes emergieron otros tres, vestidos con chaquetas negras y provistos, dos de ellos, de sendas banderolas. El tercero portaba reverentemente lo que después se me reveló como el objeto fundamental del culto; a saber, una esfera al parecer de cuero y de algo más de un palmo de diámetro.

Los altavoces emitieron sonidos musicales, seguramente himnos religiosos. Se hicieron fotografías de los grupos formados por los 11 sacerdotes de cada color, que al punto se dispersaron por el campo, y se cruzaron secretas palabras litúrgicas entre un celebrante de cada bando, en presencia del portador de la esfera. Este último la depositó cuidadosamente en el suelo, ocupando el centro matemático del espacio sagrado, y extrajo de su bolsillo un argénteo silbato cuya aguda nota, rompiendo el religioso silencio de la muchedumbre, dio la señal para el comienzo del rito.

No voy a describirlo en sus detalles porque es mucho más importante el significado, que no me fue dificil interpretar, a pesar de no comprender algunos gritos de los fieles ni ciertas fases de la ceremonia, prolongada durante dos lapsos de tres cuartos de hora terrestre cada uno, con un intervalo, sin duda prescrito para la meditación, pero que más bien aprovechó la gente para relajarse bulliciosamente. En todo caso, lo esencial de la ceremonia es la constante pugna entre los dos bandos sacerdotales -los puros y los oscuros- para llevar la esfera -de cuero hacia el pórtico del bando opuesto, y lo curioso es que ese objetivo ha de lograrse únicamente mediante hábiles golpes de los pies. En todo ello participan desde el graderío los fieles tremolando banderas con los dos colores enfrentados, gritando jubilosamente el nombre de la capital española, profiriendo imprecaciones imposibles de hallar en los diccionarios e incluso -llevados de su ciego arrebato- lanzando imprudentes ofrendas de latas o botellas y otros objetos arrojadizos. Ciertamente, los españoles podrán haber cambiado de religión, pero no del apasionamiento con que la profesan.

La significación del rito descrito es transparente para cualquiera que haya estudiado algo las distintas religiones terrestres. Obviamente, la esfera sagrada encama la bola del mundo, y el esfuerzo de los oficiantes, impulsándola en opuestas direcciones dentro del rectángulo cósmico, escenifica simbólicamente la lucha entre la fuerza del Bien y del Mal, correspon-dientes a los dos colores de las vestiduras. La reiterada invocación a Madrid por los espectadores, animando a los sacerdotes blancos, puede ser supervivencia de un antiguo culto local, así como las redes que retienen la esfera cuando falla el guardián de la puerta son quizá reminiscencia del oficio del pescador ejercido por el apóstol Pedro en el relato evangélico. Pero esos restos del pasado no deben inducirnos a error. La religión hispánica actual supone una revolucionaria transformación del catolicismo hasta casi hacerlo irreconocible, pues adopta una orientación geocéntrica, más interesada en glorificar las secretas fuerzas de la naturaleza que en cultivar la vida del espíritu o las virtudes ascéticas: nada más lejos del espíritu y la ascesis que la jaranera catarsis de los fieles durante la ceremonia.

Ese culto telúrico explica muchos aspectos del rito. Por eso los sacerdotes emergen desde una cavidad subterránea; por eso ofician con el pie, que es la parte del cuerpo en contacto permanente con la tierra. En cambio tocar la esfera con la mano constituye un pecado castigado en el acto, previo un toque del silbato ritual; instrumento, por cierto, con muchos precedentes míticos, desde la siringa del dios Pan y el ney de los derviches danzantes hasta el flautista de Hammelin.

Ese fuerte componente naturalista de la nueva religión no ha de desdeñarse como un atrasado primitivismo, sino que, por el contrario, revela una aguda comprensión del alma humana, basada seguramente en los progresos terrestres del psicoanálisis. Así se explica el rasgo más desconcertante del culto, pues a primera vista parecería aberrante el empeño de los sacerdotes del Bien en llevar la esfera simbólica hacia las redes del Mal. Ciertamente, una religión más antigua e ingenua prescribiría llevar el mundo hacia la propia puerta del Bien, pero tras 2.000 años de experiencia los hombres saben que -salvo casos aislados de santidad- esa buena intención directa no conduce a los deseados fines de amar a los enemigos o desdeñar las riquezas temporales. En cambio, los psicólogos modernos conocen bien la mayor eficacia de las vías indirectas y se aproximan al taoísmo, que, para lograr un fin dado, recomienda perseguir el opuesto. Resultado avalado por la experiencia, como en el caso de los jóvenes rebeldes que acaban integrándose mayoritariamente en su odiada sociedad como ciudadanos bienpensantes, o en el de quienes empiezan siendo revolucionarios para mejor conseguir una cartera ministerial. Así ocurre en la nueva religión hispánica, cuyo camino hacia el Bien pasa por la puerta del Mal, ateniéndose sin duda a la famosa creencia de sus economistas, que esperan alcanzar el bienestar colectivo si cada individuo se comporta con el más agresivo egoísmo. Por eso, los sacerdotes blancos impulsan el mundo hacia la puerta oscura, sabiendo de sobra que, apenas caiga en aquella red, el maestro de ceremonias hará sonar su silbato sagrado y la esfera volverá a su centro, donde se sitúa el perfecto equilibrio humano, entre la luz y la tiniebla.

Queda por explicar el importante problema de cómo ha sido posible tan extremado cambio de la fe religiosa durante una transición de solamente pocos años. La cuestión exige estudios cuidadosos, por la luz que puede arrojar sobre los procesos evolutivos de la sociedad, pero entre tanto el hecho queda en pie, aunque subsistan manifestaciones residuales del pasado en forma de alguna asistencia minoritaria -sobre todo de ancianos- a los antiguos templos, como yo mismo pude observar, y aunque en el país se siga reiterando oficialmente la vigencia del culto tradicional: como es sabido, siempre existe un desfase entre la verdad. oficial de cualquiuer parte y la realidad del momento.

En definitiva, el culto hispánico anterior ha cedido el paso a esta nueva fe naturalista, en la que verdaderamente se vuelca el actual sentimiento religioso de los españoles, hasta el extremo de que, según conversaciones captadas a mi alrededor en el campo, no sólo el domingo es sagrado a la ceremonia, sino que entre semana muchos fieles se dedican piadosamente a llenar de cruces unos impresos especiales, ignoro si como nueva forma de oración o como público examen de conciencia y confesión de pecados cometidos.

En conclusión, y para el caso de decidirse a actuar en la Tierra, mi descubrimiento permite afirmar que el enfoque mesiánicos sería ineficaz, al no despertar apenas interés en un pueblo evidentemente desentendido de la vida del espíritu. Sólo cabría intentarlo -y aun así desconfío de los resultados- renunciando a individualizar el enfoque y ofreciendo en cambio un mesías colegiado, es decir, un equipo de 11 especialistas del puntapié, capaces de asegurar el triunfo en los cultos internacionales.

La táctica acertada sólo puede ser la de presentar nuestro futuro control en forma de una colaboración científica, encaminada a potenciar al máximo los recursos naturales y las fuerzas del planeta. Llevado hábilmente, ese fecundo, planteamiento podría incluso resultar aceptable para la iglesia tradicional, dado que en sus más recientes deliberaciones parece primar también el interés de sus jerarquías por problemas materiales -biológicos, económicos y sociales-, considerados antaflo menos importantes que las cuestiones dogmáticas.

Pero cualquier decisión excede del propósito de esta Memoria, limitada a informar verazmente acerca de las actuales creencias en uno de los países terrícolas adelantados, y con ese descubrimiento queda de sobra justificado mi breve descenso de aquel santo día en Madrid.

 José Luis Sampedro (Diario El País. 17 de abril de 1987). Posteriormente publicado en Cuentos de Fútbol (Alfaguara, 1995).

Fuente: http://elpais.com/diario/1987/04/17/opinion/545608808_850215.html

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